EL TESTAMENTO DEL PAISA

Sin duda tenemos en nuestra tierra paisa un filón de historias, dichos, cuentos y leyendas que aún no terminan de contarse y escribirse. Tomás Carrasquilla – (Tomás Carrasquilla Naranjo – Santo Domingo, provincia de Antioquia, República de la Nueva Granada, 17 de enero de 1858 – Medellín, 19 de diciembre de 1940 – recogió mucho de esta cosecha y la plasmó en sus magistrales obras como: La marquesa de Yolombó, frutos de mi tierra, Simón el mago, Grandeza, A la diestra de Dios Padre, etc. Al comienzo su obra fue catalogada de forma casi peyorativa como costumbrista y provinciana, hasta que en los años cincuentas Kurt Levy escribió su tesis doctoral sobre la obra de Carrasquilla, cosa que le granjeó el reconocimiento internacional.

Gregorio Gutiérrez González fue otro gran intérprete de la cultura paisa, basta leer su poema “Memoria sobre el cultivo del maíz”:

¡Salve, segunda trinidad bendita!
¡Salve, frisoles, mazamorra, arepa!
Con nombraros no más se siente hambre.
¡No muera yo sin que otra vez os vea!
(Fragmento)
Pero creo que quien rescató la tradición oral de Antioquia con más acierto fue Agustín Jaramillo Londoño (1923 – 2010). Y lo hizo de forma rigurosa, sin muchos añadidos, como solo puede hacerlo quien viaja por los pueblos y las veredas de nuestra tierra para hablar directamente con los protagonistas de las historias, o al menos con sus descendientes. Y eso es lo que uno siente al leer El testamento del paisa, ese libro que parece tener las olorosas esencias de nuestro himno.

Me gusta como llama a los capítulos de su libro: “Moliendas”. Son entonces cinco capítulos o moliendas que nos trasladan al pasado de Antioquia y que nos describen una gran cantidad de historias, cual si fuera el antiguo testamento del pueblo paisa. De ñapa, luego de las moliendas siguen un arrume de versos o folclor poético, El último viajao (Refranes y dichos), Monte pa´brir (Folclor ecológico), Santo remedio (Folclor médico), La comedia cotidiana (Folclor social), y finalmente: Palabras y palabras (Folclor lingüístico).

Leer El testamento del paisa es como comerse una humeante bandeja paisa sentado en la mesa del mirador de la finca de los abuelos, y eso sí, sentado en un viejo taburete de cuero peludo.

Voy a reseñar aquí algunos fragmentos de esta obra no sin antes agradecerle a Don Agustín el habernos legado esta obra que debería ser texto recomendado en escuelas, colegios y universidades, porque un pueblo que conoce y respeta su historia no lo para nada ni nadie.

Aquí irán apareciendo fragmentos de este maravilloso libro.

SARTAL DE CHISTES

PAISA CON TRAGOS

Estaba un paisa borracho, regao en la plaza del pueblo desafiando a todo el mundo y rastrillando la peinilla en el empedrao. En esas hubo un temblor de tierra y el paisa gritó:
– Tate quieto mundo, no temblés que la cosa no es con vos.

VENGA ACÁ

Una señora le mandó decir a un cura del pueblo que si le podía prestar un librito, como la vida de un santo o algo así, para leer en los raticos que le quedaban.
– Vea mijo, contestó el cura. Dígale a su mamá que yo no presto libros porque no me los devuelven, pero que cuando quiera que bien pueda venir a leerlos aquí.

Pasó el tiempo. Un día que había visita del obispo anunciada y el cura andaba en las carreras de arreglar todo. Y le mandó razón a la señora para que le prestara una escoba:
– Vea mi´hijito, dígale al padre que yo no presto las escobas porque no me las devuelven, pero que cuando quiera barrer, que bien pueda venir aquí.
UN MONTÓN DE CASOS Y CHISPAZOS

Así es aquí.

“A mí me criaron con aguardiente y rejo”, dijo una vez el Mono Marita (Alejandro Uribe) de Sonsón.

APÉRESE.

– ¿Qué se necesita para ir de aquí a Manizales? – Preguntaba un forastero en Andes. Y la respuesta fue: Una mula y dos culos.

BUEN TRATAMIENTO

Del doctor Ricardo Jaramillo Arango, ilustre médico sonsoneño que ejercía su apostolado en Manizales donde se ganó el corazón del pueblo, se cuentan varios cuentos con mucha sal.

Una noche lo llamaron de una casa para que viera a la sirvienta que estaba enferma.
El doctor Jaramillo entró a examinarla y mandó salir a todo el mundo del cuarto.
Cuando estuvieron a solas le dijo la sirvienta:

-Yo no tengo nada, doctor, es que no quiero trabajar porque me deben tres meses atrasados…

– ¿A, si?…, contestó el doctor. Entonces correte pal rincón yo también me acuesto, que a mí hace dos años no me pagan.

SE NOS SALE EL VASCO.

Se cuenta de Roberto Marulanda, que siendo el gobernador de Caldas, recibió una llamada urgente de larga distancia y que al ponerse al aparato oyó la voz excitada de un alcalde de pueblo que le decía:
– ¡Doctor, por Dios! ¡En esta ciudad acaba de estallar una revuelta! Llamo a pedir instrucciones.
Y Don Roberto dizque le contestó pausadamente:
– Vea hombre: Ni yo soy doctor… ni eso allá es ciudad… Ni hay tal revuelta; si hay cuatro o cinco borrachitos molestando, métalos a la cárcel.
Y colgó.
LOS ENCARGOS

Hace cuarenta o cincuenta años un viaje a Europa era empresa difícil y arriesgada. Había que comenzar por hacer el testamento: Tantos eran los peligros que esperaban al viajero. Por lo tanto eran muy escasos los vajeros.
Cuando alguno arreglaba viaje, debía de cuerdo a la buena educación de la ´poca, “Pedir órdenes” a todo el mundo y desde meses antes comenzaban los encargos; y como aún no había industria nacional de importancia, eran muchos.

En cierta ocasión un señor arregló viaje para Europa y comenzaron a lloverle los encarguitos:
– Don Juan, ¿Me trae un galápago pa yegua mora?
-_Si, demás.
– Y a mí un relojito fino de oro.
– _ Si demás.
– Y a mi un corte de paño café oscuro con rayitas rojas.
_ Si, claro.
Y los encargos seguían.
El día que el señor montó en su mula para iniciar el viaje, y estando rodeado de todos los que salían a despedirlo y a recomendarle que no olvidara sus encargos, se acercó un chiquillo se seis o siete años y le dijo:
– Don Juan, ¿Me quiere traer un pitico? Y tome los diez centavos pa que me lo compre.

El buen hombre recibió la moneda, la guardó en su bolsillo, y en tono solemne exclamó:
_ Hijo mío, ¡Tu pitarás!.
Desde ese momento, el verbo “pitar” empezó a tener un significado más en Antioquia: Dar dinero cuando se exige algo.